domingo, 3 de abril de 2011

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Hola, por una vez seré sincero. Y es que estoy cansado de guardar silencio.
Estoy harto de mi casa. Estoy harto de mis padres. Estoy harto de mí, de todos. Y esto no es una simple rabieta adolescente, porque siempre sé reconocerlas.
Estoy enfermo de que no acepten lo que soy, ni lo que seré, ni lo que he sido. Jamás lo harán, y de verdad no me importa, pues poco me importa la gente y sus pensamientos grises. Pero es desagradable el día a día en un lugar en el que todos te tienen asco, un lugar que ha de ser un refugio y jamás lo ha sido.
¿Y qué será de mí cuando quiera correr a mi hogar? No podré hacerlo, pues en un hogar hay seguridad, amor, y todas esas cosas color de arco iris que yo no tengo.
No es la idea, no es MI IDEA, pero en un futuro yo sé que mis padres no volverán a saber de mí ni yo de ellos. He de acostumbrarme a la idea. 
Jamás he tenido una buena relación con las otras personas, y será porque a mis padres jamás les tuve confianza. Habían tantas cosas en ellos, tantas cosas que decían, que hacían, que me herían en secreto, y eso hizo crecer un árbol de sombríos colores en mi corazón, con frutos de odio y miedo.
NI siquiera en mis amigos me siento seguro. A los pocos que les tengo la absoluta confianza no les puedo entregar todo como me gustaría, porque... no lo sé. Ya no sé nada. Supongo que esto es mi cruz, la cruz con la que todos cargamos toda la vida, y he de ser inseguro y desconfiado y miedoso y tímido y ensimismado por el resto de mis días ne esta vida terrenal. Y aprenderé a lidiar con ello.

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